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Page 94
Adoro vuestros labios, donde el sol de mi tierra
ha dejado sus besos de s�tiro oriental,
porque son el santuario de bellezas que encierra
el glorioso prestigio del solar de Rizal.
Ojos negros, refugio de hechizos y embelesos,
dolientes, langorosos, plenos de so�aci�n
como noches sin luna; pero con rojos besos
que vierten en el alma perfumes de ilusi�n.
Manos sutiles como suavidades de lago,
de seda que se aleja en r�tmico _fruf�_,
como el hogar quim�rico de un ensue�o muy vago
sobre las aguas mansas del pi�lago de azur.
Frente color de aurora, donde bellas florecen,
con aromas de cielo, flores de castidad;
mejillas sonrosadas que en su gracia parecen
v�rgenes de los lienzos de la pasada edad.
Cabellera flotante, cual selva enmara�ada,
que exhala dulcemente aromas de querer;
enso�aci�n, delirio del alma, enamorada
de las carnes y besos de la amada mujer.
Pi�s finos, diminutos, de ros�ceos talones
y senos que se exaltan con ferviente ansiedad;
�nforas virginales con vino de ilusiones
que emborracha las almas de voluptuosidad.
Tallo gentil y esbelto, como enhiesta palmera
donde alegres laboran las abejas su miel,
con suave ritmo que los nervios exaspera,
como si fuese esp�ritu de un viejo moscatel.
Todo un conjunto arm�nico y grato que envidiara
la ardiente castellana y la impasible _miss_,
la princesa que el cielo de Rusia cobijara
y la dama que siente la fiebre de Par�s.
Qui�n dice no ser bella la mujer filipina
que visite esta tierra de B�rgos[36] y Rizal;
y ver� que es m�s m�stica, m�s dulce y m�s divina
la hija de los raj�hs, la ni�a tropical.
1911
[Nota 36: Manuel B�rgos, cl�rigo filipino, promotor de un
movimiento revolucionario en 1872 y fusilado en Cairte.]
LUZ DE LUNA
Sonri�me la amada,
la esquiva, la imposesa, la que vi� nuestro idilio
bajo el frescor amable
de un emparrado l�rico;
la que encant� mi celda cuando escrib� el elogio
de tus labios divinos
en unos versos tristes que sab�an a l�grimas;
la que bes� tu frente en el blanco camino
de la silente aldea, cuando ibas a jurarme
la eternidad sublime de tu santo cari�o.
Sonri�me la amada,
y floreci� en el alma la ilusi�n que se ha ido,
y tuve sue�os pl�cidos de corderos que triscan
camino del aprisco,
de soles que agonizan tras monta�as azules,
de cristalinos r�os
que arrastran hojas secas
sobre sus ondas suaves como bucles de ni�o.
Fu� en una noche blanca en que las susurrantes
melod�as del viento eran largos suspiros;
fu� una noche en que mi alma, recostada en tu seno,
admiraba tus formas con m�gico delirio;
fu� en una hora rom�ntica en que el cielo del tr�pico
era un arpa encantada, cuyos lejanos cirios
alumbraban un�nimes
tu efigie soberana de mayest�tico �dolo.
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