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Page 92
Y canta en tu loor, oh lengua hispana,
del pensamiento alada mensajera,
que fulguras, cual l�mpida custodia
de la eterna Verdad, en las conciencias,
como el sol en las c�spides altivas
donde la tromba y el cicl�n fermentan,
como el anhelo ind�gena que fulge
en el blas�n astral de mi bandera.
Oh lengua sacrosanta
de Fray Luis y Miguel, Lope de Vega,
del Arcipreste, Calder�n y G�ngora,
los Argensola, Hurtado y Espronceda;
la lengua que enflor� de madrigales
las pr�stinas edades romancescas,
toda hecha de vor�gines y truenos,
toda hecha de suspiros y cadencias,
coro inmenso de t�mpanos, concierto
de las panidas flautas en la sierra,
sinfon�a fant�stica que irrumpe
del arpa gigantesca de las selvas.
Es tu ritmo la ronda bulliciosa
de cr�talos y locas panderetas,
de guitarras que dicen el elogio
de unos ojos reidores que asaetan;
es la risa que en notas se desata
cual cristalino desgranar de perlas,
el madrigal sonoro que desl�e
sus estrofas de amor en las verbenas,
y el chocar de las copas musicales
donde hierve la sangre de las cepas.
Es tu acento el susurro que adormece
del aura al retozar en la floresta,
y el blando caramillo que solloza,
bajo el beso lunar en primavera.
Te remeda el gorjeo de la alondra,
la imperativa voz de las trompetas,
el quejido que emerge de la cuna
y el doliente "kundiman" de mi tierra,
el raudo vendaval que avanza ind�mito
por cima de las altas cordilleras,
y brama en los barrancos y hondonadas
y en las rocas que hendieron las centellas.
Y tuviste en la lira de Quintana
ecos triunfales, resonancias b�licas
de estoques y corazas y armaduras
que son el timbre perennal de Iberia;
en los versos bronc�neos de Chocano,
fragor de sordas cataratas �picas,
algazara de pompas coloniales,
rumor de besos y temblor de quenas.
De Sol�s en la prosa cincelada,
�mpetus de corcel, dianas hom�ricas,
estr�pito de lanzas y tizonas,
de broqueles y cascos y rodelas.
En Fray Luis de Le�n fu�ste cigarra
que endulzaba el reposo de la siesta,
y tonada de amor de la tierruca
en los cuadros agrestes de Pereda;
caballero gentil de la Armon�a
en el rugiente "Ni�gara" de Heredia,
batir de alas de ingr�vidos querubes
en las trovas ardientes de Teresa.
Y en el arpa divina de Dar�o,
ruido de encajes y _fruf�s_ de seda,
m�sica de cinceles sobre el m�rmol
y murmurio de risas y de gemas,
canci�n de cisnes sobre el quieto estanque
al paso de las "p�beres can�foras",
arpegio de violines cortesanos
y vibraci�n de c�taras helenas.
Y cerraste la elipse de tu gloria,
con un estruendo de imperial proeza;
en las perennes p�ginas alt�simas
del libro de Cervantes Saavedra.
No en vano fueron por ignotos mares
de Hispania las veloces carabelas,
en comuni�n ferviente con la Audacia
y los altos designios de la Idea;
no en vano los Cort�s y los Balboa
desafiaron el hambre y las tormentas,
y sus bridones �picos midieron
las pampas infinitas de la Am�rica;
no en vano sobre el pico de los Andes,
due�a del mundo, flame� tu ense�a,
tan amplia que cubri� dos continentes,
tan gloriosa, tan noble y tan excelsa;
no en vano, por tres siglos, tus ej�rcitos
han levantado en mi solar sus tiendas,
y vieron el prodigio de mis lagos
y de mis bellas noches el poema;
no en vano en nuestras almas imprimistes
de tus virtudes la radiosa estela,
y gallardos enjoyan tus rosales
plenos de aroma las nativas sendas:
tu imperio espiritual vive y perdura,
y extiende su simb�lica cadena
del Pirene a los Andes y al Carballo,
y en un abrazo inmenso los estrecha.
Por los mares Atl�ntico y Pac�fico
tus fuertes galeones a�n navegan,
y van en ellos, bajo un sol de gloria,
almas grandes que luchan y que anhelan,
andantes caballeros del Ensue�o,
guardianes de la f� de Dulcinea,
locos sublimes que descubren mundos
y mueren por su reina la Quimera.
A�n nos ofrecen tus antiguos c�dices
la f�rmula inmortal de la Belleza,
y tus filtros y alquimias prodigiosos
del humano dolor la panacea.
No morir�s jam�s en este suelo
que ilumina tu luz. Quien lo pretenda
ignora que el castillo de mi raza
es de bloques que dieron tus canteras.
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