Parnaso Filipino by Eduardo Martin de la Camara


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Page 149

El grito de "Dios y Patria"
ruje la hueste de Iberia,
y al punto hacia el enemigo
emprende veloz carrera
estremeci�ndose, altiva
y feroz, con la soberbia
de leones irritados
que sacuden las melenas;
los alaridos del indio
turban la regi�n serena
del aire, y la muchedumbre
de los contrarios, inquieta,
en sinuosas oleadas
ag�tase, a la manera
con que a los ojos se ofrecen
las ondas altas y lejas,
o las mieses que combaten
los vientos de la pradera.

Forman cerrada techumbre
en el espacio las flechas
despedidas por los indios
con vigorosa destreza,
y de las finas corazas
el temple ponen a prueba,
hasta parecer dudoso
lo eficaz de su defensa;
llegan, hieren y rebotan
sin un instante de tregua
y es pavoroso redoble
el que sin cesar resuena,
imitando el que produce
de granizo nube espesa,
cuando los vidrios azota
con iracunda violencia.

Ruje de los arcabuces
la detonaci�n siniestra
y ante sus fuegos los indios
de vacilaci�n dan muestra;
m�s, prestos, cual si escuchasen
amenazadora arenga,
con nuevo aliento sacuden
la moment�nea tibieza,
y los que detr�s combaten
cierran sin temor las brechas
en que rompe el plomo hirviente
las avanzadas hileras,
y no cede de los indios
la pertinaz resistencia,
y van pasando las horas,
y aquella humana barrera
si cien veces viene al suelo
otras cien se alza m�s recia.

Sobre el enemigo bando
corre la mesnada ibera,
empe��ndose la lucha
m�s fragorosa y sangrienta.

Las incansables espadas
relumbran como centellas,
y dan a sus rudos golpes
robustas lanzas respuesta;
saltando bajo las mazas
las armaduras deshechas,
por el campo estremecido
hacen abundante siembra
de hombreras, petos, celadas,
brazaletes y escarcelas.

Los de Espa�a sus aceros
con ambas manos aferran,
y a su filo no resisten
las enemigas rodelas,
y divide el mismo golpe
hasta el pecho las cabezas,
y parece, al descargarle,
que surge de una caverna
el ronco aliento, imitando
esa sa�a, ese ardor, esa
respiraci�n del labriego,
ruidosa, cuando maneja
el hacha y gigante tronco
desmenuza en leves le�as;
y para espantar las almas
abren tan cumplidas puertas
que al salir, a�n las m�s grandes
se sienten harto peque�as:
todo fuego, todo llamas,
lumbre todo en la contienda;
las rojas chispas que al choque
de los hierros centellean,
los rayos de las pupilas,
el ardor de la ira ciega,
el resuello incandescente,
el mar de sangre que humea...!

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Books | Photos | Paul Mutton | Thu 26th Feb 2026, 8:01