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Page 79
La siesta asfixia. El son de los ca�ales
preludia a la tagala
esa canci�n de miel que ha desprendido
la ilusi�n del pent�grama.
Los insectos rebullen en las hojas
sobre el tapiz de grama,
y se duermen rendidos a los h�litos
de un ambiente de lavas.
El sopor se difunde, derramado
por estivales �uras,
y en el lejano t�rmino simulan
dorarse las monta�as.
Hay vida y poes�a en esas horas
en que el calor abrasa;
pera la v�rgen tiene en el espacio
inm�vil la mirada.
Hija gentil de una regi�n de fuego,
acaso vuela su alma
por el pa�s de rosas del idilio
cuyo perfume embriaga.
Tal vez sue�a en las dulces sampaguitas
cogidas de las ramas,
para ser el collar lleno de aromas
en la linda garganta.
La alegre sonatina de los besos
que da el viento a las palmas,
tal vez rima a sus oidos el _kundiman_
trovado en noche pl�cida.
Mas �qui�n sabe...! Desh�cese la tromba
en aquellas monta�as
y alguien atrae all� el coraz�n virgen
de la virgen tagala.
En el album rosado de la vida
tambi�n hay negras p�ginas,
donde se ocultan los ensue�os m�sticos
bajo un velo de l�grimas.
Y mientras sue�a en cuerpos que se caen,
se hieren, se desgarran,
en un campo sembrado de cad�veres
y de sangrientas charcas,
vibra la llama estuosa de la siesta,
pasa la brisa c�lida,
y murmura en sus notas el prefacio
de alg�n idilio convertido en drama.
1900.
RIZAL EN CAPILLA
En la peque�a estancia, la luz p�lida
alumbra al reo; fuera,
la dormida ciudad con su pesado
silencio de necr�polis desierta...
Quedan horas no m�s... Ya es el instante
en que todo refluye a la conciencia;
en que, a trav�s de todos los recuerdos,
y todos los amores y quimeras,
el alma quiere mucho m�s la vida,
porque la muerte m�s y m�s se acerca...
�Hora sombr�a en que sud� con sangre
el mismo Cristo en la sagrada huerta...!
Quedan horas no m�s para el martirio.
El alma que ya acecha,
es el alma que quiere nubes rojas,
pero rojas con sangre de las venas.
Cada minuto ya la va acercando,
fatal inevitable... El reo espera,
vibrante el coraz�n, opresa el alma,
pero tranquilo el rostro y la conciencia.
All� quedan "sus padres; sus hermanos,
en el perdido hogar"; m�s all� deja
"a la dulce extranjera, su alegr�a",
y sobre todo amor, su "amada" tierra.
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