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Page 69
Con un amor ardiente e infinito,
enarbola la ense�a de la ciencia...
En las hojas del libro all� est� escrito
el poema inmortal: la independencia!
Juventud estudiosa del Oriente,
las libertades nacen en la guerra,
pero t�, de la paz bajo el ambiente,
con tu saber libertar�s mi tierra.
Que no haya ni un peque�o desaliento,
a la luz de tu esp�ritu sublime...
Con la labor constante y el talento,
as� una raza toda se redime.
Ma�ana, cuando llegues, afanosa,
con tus frescos laureles, a las cumbres,
te abrazar� una patria venturosa,
ante una aurora de gloriosas lumbres...
Te rendir�n la vida y el misterio,
del porvenir los prados ideales,
y las musas, en todo el hemisferio,
te cantar�n con trovas inmortales.
Juventud, esperanza de mi tierra,
es grandioso y sublime tu destino...
Sigue avanzando... �Tu progreso encierra
la redenci�n del pueblo filipino!...
1920.
FLORES OLVIDADAS
La virgen desposada lleva floridos ramos,
radiante de ternura y de felicidad.
Se arrodilla ante el ara. Y, con dulces reclamos,
ofreciendo a Dios flores, jura fidelidad...
Las flores son las bellas mensajeras del alma
que saben de las glorias que dora la ilusi�n.
Hay p�jaros sin nido, hay momentos sin calma,
m�s, sin flores no tiene palabra el coraz�n!
�Pobres flores que bajo un obscuro destino
he encontrado olvidadas en medio del camino...
Por vuestras gracias vibra mi lira con amor!
Vuestro hermoso capullo una misi�n encierra:
la aurora por vosotras ilumina la tierra...
�La tierra, por vosotras, no olvida a su Creador!
AMOR DE MADRE
Bajo un sol de misterio,
en un pobre ataud,
cuatro hombres me llevaron a un negro cementerio,
poblado de violetas en m�stica quietud.
Estaba triste el cielo
tres rosas del amor,
de vigoroso luto, con hondo desconsuelo
lloraban por la muerte del joven trovador.
Era una la adorable,
enferma de ilusi�n,
a quien bajo un ramaje de dicha, inolvidable,
una tarde yo diera todo mi coraz�n.
Era otra la afligida
musa de mi querer,
que en las horas sombr�as e inciertas de la vida
consolaba mi esp�ritu con su alma de mujer.
La tercera era aquella
que me ense�� a sufrir,
aquella madre m�a, pura como una estrella,
conturbada pensando siempre en mi porvenir.
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