Parnaso Filipino by Eduardo Martin de la Camara


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Page 144

Que tal vac�o dejas
en el pecho de cuantos te han querido,
que aunque in�tiles son todas sus quejas,
a�oran siempre el dulce bien perdido,
y m�s te adoran cuanto m�s te alejas...

Ceb�, Octubre 1919.




Romero de Aquino (Manuel)

Andaluz. �Sevillano? Hizo estada larga en Manila, donde cas� y
engendr� prole. Muri� Diciembre 1894, y a poco el Ayuntamiento acord�
dar su nombre a una calle de la ciudad. Dos a�os antes de su �bito
public� el libro primero--y �nico--de su _Romancero filipino_, obra
hermosa y definitiva. La dedic� al general Despujols, capit�n general
de las islas. Este y Guti�rrez de la Vega, director general de
Administraci�n, y Mecenas de Romero, lograron que el Estado
adquiriera, con destino a las escuelas, buen golpe de ejemplares. Fu�
un medio delicado de remediar la penuria del poeta, hombre inadaptado,
incapaz de sujetarse a escritorio u oficina, ni a ninguna suerte de
trabajo vulgar. Escribi� con intermitencias. Le falt� la espontaneidad
y el vigor de Garc�a Collado, su �mulo; pero le super� en sentimiento
y correcci�n y en cultura literaria.


PERDONAME...

�Perd�name, bien m�o!
De inmenso amor arrobadores cuentos
nos relataba el r�o:
a�n palpitaban del ardiente est�o
en las fugaces auras los alientos.

Con c�ntiga amorosa,
daba su adi�s al espirante d�a
la alondra melodiosa:
bajo inmenso dosel color de rosa
H�spero, rutilante, sonre�a.

El astro soberano
al descender tras el roquero monte
que cierra el fertil llano,
trasunto hermoso del Ed�n cristiano
dibujaba en el m�gico horizonte.

Tus ojos, como espejos
reflejaban tambi�n aquellos rojos
y dorados reflejos:
tu mirabas all�, lejos, muy lejos...
y yo te devoraba con mis ojos.

�Perd�name, bien m�o!
Todo invitaba amores, alegr�a,
demente desvar�o:
la tierna alondra, el murmurante r�o,
el sol de ocaso, el fugitivo d�a.

�Qui�n se hubiera cuidado
de humanos males ni mundanos dolos?
T� al m�o, yo a tu lado,
�solos, mi bien! hubi�ramos estado,
sin nuestro tierno amor, nosotros solos.

"Mi amor a t�--dec�a--
arder� como el sol que siempre arde:
ese sol, alma m�a,
da en otros horizontes vida al d�a
que aqu� mata en los brazos de la tarde.

Sus alas extendiendo,
la pl�mea turba al aire ofrece en salva
sonoroso estruendo,
la tarde aqu� con pena despidiendo,
all� dichosa saludando al alba."

El d�a, agonizante,
suspiraba quiz� por la luz pura
que, al sonreirme amante,
derramaba en mi pecho palpitante
de tu mirada intensa la ternura...

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Books | Photos | Paul Mutton | Wed 25th Feb 2026, 17:13