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Page 2
Compete inmediatamente á todo prologuista entrar á fondo en el fondo
del libro, y en ésto sí que encuentro dificultad supina, porque las
Islas Filipinas y la de Mindanao solamente las conozco de oídas y
leídas, ó sea de referencia, y por lo tanto no me es dado compulsar
con exquisita exactitud los datos que referentes á ésta contiene el
libro de Nieto, pero sí apreciar el método con que los expone y lo
completos que son, y considerar como una garantía de su exactitud la
circunstancia de que el terreno dominado realmente por los españoles,
y todo el que ha sido teatro de las últimas campañas sostenidas
contra los moros malayos, lo ha recorrido paso á paso el autor,
desempeñando en una de ellas el cargo de aposentador. Desde luego
resulta patente una condición esencialísima para que sea buena una
obra: la de la oportunidad; toda obra humana es buena ó mala, según
que sea oportuna ó no. Y lo es, á no dudar, una en que se trata de
Mindanao en los momentos en que es una cuestión del día, en que se
ha iniciado una campaña para hacer efectiva nuestra dominación en
esa isla y en que están aplazadas las operaciones militares hasta la
llegada del buen tiempo.
Cuando de nuestra antigua riqueza colonial tan sólo nos quedan las
Islas Filipinas, pues Cuba y Puerto Rico no son ya colonias, sino
provincias que por ley histórica, que nunca dejó de cumplirse, han de
ir ganando en autonomía gradualmente, hasta quedar con respecto á su
antigua metrópoli en las mismas condiciones que el Canadá respecto
á Inglaterra, y de oponerse á que así sea con tenaz resistencia,
nos exponemos á perderlas; cuando estas provincias, por exigencias
de buenos españoles que prestaron innegables y salvadores servicios
á la integridad nacional, pero que ahora hacen valer con exceso estos
servicios, puede decirse que son fincas, cuyos gastos de sostenimiento
sufraga España para que un partido determinado las disfrute, toda la
atención de los que se interesen en el porvenir de nuestra Patria en
Ultramar, y como nación colonial, debe estar fija en el Archipiélago
descubierto por Legazpi, venero inagotable de riquezas de que nosotros
nos beneficiamos en la más mínima parte, por estar el comercio allí
en manos de chinos y alemanes, aspirantes probables, aunque remotos,
á la posesión de tan fértiles territorios. He oído asegurar, y no puedo
afirmar la certidumbre del aserto, que ésto se debe á la política allí
sustentada de que para el prestigio del _castíla_ sobre el indio,
aquél no se ocupe nunca en trabajos manuales, por lo que allí no se
tolera más españoles que á los empleados y militares. Dícese que esta
intolerancia se sostiene por respetos á corporaciones religiosas, á
cuyo gran patriotismo se debe lo arraigada que está en los indígenas
la fidelidad á España, pues son ellas las que consideran perjudicial
el establecimiento de colonias agrícolas españolas y de comercios é
industrias montados por españoles, para esa veneración que el malayo
filipino siente hacia el europeo nacido en la Península. Creo y he
creído siempre que el verdadero prestigio en todos los países está
en el que posee las riquezas obtenidas de su suelo por el trabajo
que enaltece, en cuanto es el más eficaz elemento de progreso, y por
eso me atrevo á calificar de absurdos y erróneos y de preocupaciones
inadmisibles, procedimientos políticos basados en semejante concepto
del prestigio de una raza dominadora sobre la dominada. Justo es,
además, que de esa riquísima colonia, en cambio de la civilización
y del progreso que nos debe, saquemos utilidades que contribuyan á
remediar nuestra penuria económica; y para que éstas vayan en aumento,
ningún medio mejor que fomentar su natural riqueza por procedimientos
de colonización libres de preocupaciones inconcebibles y anticuadas.
Más en mengua resultaba nuestro prestigio al consentir por tanto
tiempo que en una isla, como la de Mindanao, cuya riqueza forestal
bastará para compensar con creces cuantos gastos se hagan con objeto
de poner fin al mal que estamos enunciando, nuestra dominación fuera
más bien nominal que efectiva, y los pocos indígenas acogidos á
nuestra protección la tuvieran en poco, por el temor grandísimo que
les imponía esa raza fanática, salvaje y sanguinaria de moros malayos,
verdadera dominadora de Mindanao hasta no hace mucho.
Por eso mereciera mi aplauso las campañas realizadas en Mindanao por el
hoy Teniente General Seriñá y por el General Weyler, y la emprendida
actualmente por iniciativa del General Blanco. Cuando la mayoría de
la prensa censuraba y achacaba á móviles mezquinos la llevada con
tan feliz éxito y positivos resultados por el general Weyler, yo,
que era entonces periodista _a fortiori_ y aun director _in partibus
infidelium_ de un periódico militar, extremé la defensa de aquellas
operaciones, porque estaban ya arraigadas en mí las convicciones que
hoy sustento.
Estas manifestaciones mías, que concuerdan perfectamente con cuanto
Nieto sostiene con valentía en sus obras, hacen más fácil y grata mi
tarea de prologuista, permitiéndome exponer con entera franqueza lo
que pienso en estos complejos problemas que á Mindanao se refieren.
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